Me colgué en la semana discutiendo con los troskos acá. Divertido, como siempre.
El hecho político de la semana fue el debate por el presupuesto, que finalmente volvió a comisión. Despertó algunos movimientos pero ninguno innovador, fue pura repetición de lo que venimos viendo desde la última renovación parlamentaria.
En apariencia, la oposición es incapaz de pensar y poner en marcha desde sus espacios de poder un proyecto político propio. Salvo la vertiente progre de la derecha, Proyecto Sur, que logró poner en agenda acotadas cuestiones, al resto se le desconoce un proyecto que de cuenta del rumbo que tomaría el país si ellos estarían en el ejercicio de Gobierno. Uno podría suponer a que intereses servirían, pero eso es demasiado amplio.
Con esta ausencia tan fundamental, la oposición busca debilitar al oficialismo. Lo acusa de atropellar la institucionalidad democrática pero lo que hace es proyectar sus propias miserias en el enemigo, viejo mecanismo del cual Freud nos iluminó hace varios años: ver en el otro lo peor de uno. Y desde ahí, cae en prácticas de las cuales no hay antecedentes y que son profundamente desestabilizadoras y antidemocráticas: la predominancia en comisiones que deben ser manejadas por el oficialismo, los proyectos que buscan desfinanciar al estado engañando a la sociedad como el 82 móvil o el presupuesto propio. Son todas muestras claras de que el atropello institucional proviene del sector que dice tener como razón de vida la defensa por las prácticas constitucionales.
En realidad, la oposición odia a la democracia, a esta democracia que ha reivindicado y recuperado derechos fundamentales. Entonces, se da un proceso bastante particular. Porque se supone, según las tradiciones liberales, que el parlamento, la prensa, los diveros métodos de control, son instrumentos para limitar el poder de los gobiernos. Aquí sucede lo contrario: son estos sectores los que buscan debilitar a la democracia en lugar de enriquecerla. Los medios y el Congreso son los primeros militantes contra la ampliación de la democracia en lugar de los garantes.
Y esto se da porque la democracia les pone límites. Límites a su afán de acumulación económica, de concentración monopólica, de lobby político. Los medios y la oposición no se hallan en estos escenarios tan atípicos.
Y a contramano de lo que dijo Agustín Rossi, que afirmó que este accionar se desprende por las pocas posibilidades de gobernar en los próximos años, yo creo que ahí podemos encontrar un proyecto político. En ese querer debilitar al Gobierno lo que se intenta es debilitar al Estado. Y ahí está el punto de encuentro, la alianza, entre el monopolio mediático y la oposición política. La búsqueda de la debilidad del Estado. Es la debilidad de la política frente al poder económico. Porque al mercado no le conviene un Estado fuerte capaz de intervenir, articular y defender intereses populares. Entonces, estos ataques que trascienden incluso las costumbres democráticas son intentos por dejar un estado debilitado y con capacidad restringida al servicio de los intereses económicos concentrados.
Desde esa aparente ausencia de proyecto claro, de rumbo definido, surge la idea central de los sectores de oposición. Volver al Estado mínimo, ausente, sin capacidad de regulación alguna. Como en el neoliberalismo, para que vuelvan a ganar los mismos de siempre. Ese es el proyecto político de la oposición y el que pondrá en marcha si gana el año que viene.
Sea como dice Rossi que no van a gobernar o sea que la oposición gane el año que viene, desde el ámbito que les toqué seguirán defendiendo y trabajando por ese proyecto político que implica terminar con el rumbo que ha marcado y propuesto el Kirchnerismo.
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